Walter Vázquez: “el voleibol en Uruguay está en la ruina”

En la primera parte de la entrevista a Walter Vázquez repasamos su trayectoria como jugador y entrenador. En esta segunda parte, el “Pera” analiza la actualidad del voleibol en Uruguay y arriesga algunas ideas para mejorar.

¿Cómo ves al voleibol en Uruguay?

En la ruina. Las dos ramas: el femenino y el masculino. En el femenino hubo en su momento una oportunidad, estábamos más cerca, pero en el masculino estamos a años luz. Si consideramos sólo Sudamérica, dejando de lado a Brasil y Argentina que están a nivel europeo o incluso mundial, las inversiones que ha hecho Venezuela a pesar de todos los líos que tiene, Colombia con todos los líos que tiene, incluso en Chile tienen un nivel de apoyo, un nivel de intercambio, un nivel de facilidades para que la gente se arrime al voleibol que contrasta totalmente con lo que se hace acá. Acá se sigue haciendo todo en contra de la gente que se quiere acercar al voleibol.

El voleibol es muy difícil, se necesita una técnica especial para poder jugar porque no se puede parar la pelota. Las ejecuciones de la técnica tienen que ser buenas y asimilarla lleva mucho tiempo. Para eso tiene que haber una motivación muy fuerte, muy interesante. Para eso tiene que haber objetivos claros, que no hay acá.

El objetivo hoy es jugar en la Livosur [Liga de Voleibol del Sur]. Y en la Livosur hay jugadoras que entrenaron conmigo (hoy tienen 40 o 45 años), que cuando van al saque repiten hasta ocho o nueve veces. Cada vez que van al saque hacen ocho puntos de saque. Fijate vos que esas jugadoras ascienden de la División D a la C y ahí no hacen ocho puntos de saque, hacen cuatro. Pero dos o tres jugadoras hacen cuatro puntos de saque y termina siendo más o menos lo mismo que en la División D. Cuando suben a la División B ya se encuentran con ex-jugadoras que entrenan, con equipos que están medianamente organizados, entonces éste equipo se queda ahí fluctuando entre la División B y la C, bajando y subiendo. Pero hay equipos que incluso se niegan a subir a la División A y ni hablar de subir a Primera. Se niegan a subir. Y eso no existe, en mi cabeza no existe. Se niegan a subir porque subir les implicaría contratar un gimnasio, contratar un técnico en serio, contratar un preparador físico para tener un nivel acorde, para lograr un nivel acorde. Y eso lo tienen que pagar las jugadoras. Acá las jugadoras pagan para jugar.

Y eso hace veinte años, treinta años que no existe ni en Paraguay, ni en Chile, ni en Ecuador… equipos a los que antes les ganábamos jugando de espaldas.

¿Y qué te parece que habría que hacer? ¿Por dónde arrancás?

Y hay que arrancar por la educación. Por la escuela, por la promoción del deporte, especialmente en las categorías formativas, con incentivos, con premios, con viajes, con infraestructura, con una organización acorde… No le podés decir a un padre que traiga a un niño a entrenar a las nueve y media de la noche, como nos ha pasado acá, en una formativa con “gurises” de doce años de edad. Porque el padre además de su motivación y su familia y sus tiempos tiene que dedicar un tiempo para venir a buscar a su niño a las 22:30 o 23 horas y llevarlo a la casa. Y después tiene los insumos: el calzado, la ropa, el equipamiento deportivo… que tienen que ser adecuados.

Entonces, para encarar el problema hay que empezar desde abajo, apoyando a la gente que trabaja con las formativas. Acá hace años que queremos hacer formativas en femenino, tenemos una cantidad de “gurisas” que les interesa y ahora empezaron a jugar al básquetbol y al hándbol. ¿Por qué empezaron a jugar al básquetbol y al hándbol? Porque es más fácil: en el básquetbol hay que meter la pelota en un aro y en el hándbol hay que meterla en el arco. A los tres días están compitiendo. Y en el voleibol no podés competir… ¿por qué? Porque si no te sale, si no le pegás de abajo, no la pasás de arriba… se aburre todo el mundo, los que ganan y los que pierden. Los que pierden no juegan nunca más y los que ganan tampoco juegan nunca más. Te dicen, “¿para qué voy a jugar si me aburro?”

Creo que tampoco ayuda que se siga enseñando de la misma forma que hace treinta años. Para mi generación esa forma era efectiva porque ya veníamos motivados: íbamos a integrar un plantel, íbamos a jugar un campeonato, tal vez un viaje, tal vez una selección departamental, tal vez una nacional… Hoy las motivaciones son otras. A una “gurisa” de 15 años y 1.88 m de altura que estaba empezando le pregunté si se veía en una selección y respondió, “ni loca, tendría que entrenar todos los días y prefiero vivir mi vida.”

Ahora tenés que captar y además motivar para que hagan el esfuerzo imprescindible para adquirir esos elementos que si no los tenés no podés jugar al voleibol. ¿Cómo hacés para entrenar esos elementos? ¿En Francia cómo hacen? Juegan al minivoleibol en canchitas para seis jugadores, tres de cada lado. En un gimnasio meten 44 canchas. Acá no, nada.

¿Cómo ves el nivel de los entrenadores? Vi a varios dirigiendo partidos de Livosur en diferentes categorías y a través de la AUEV estoy en contacto con muchos otros. La variedad es enorme: hay gente muy bien formada y gente que no conoce temas básicos.

El problema es que la gente formada como el “Rafa” [Rafael Codina] tiene que andar con la bolsa de las pelotas al hombro. Vos vas a un curso y lo primero que te dicen es que tenés que analizar al equipo contrario, que tenés que tener dos personas que vayan, lo estudien y te traigan los esquemas de cómo juegan, cómo defienden, quiénes son y quiénes no son. Y eso no tiene nada que ver con poner la red a las diez de la noche como lo he visto al “Rafa”, que se “calienta” y con razón porque acá al básquetbol hasta le barren la cancha y cuando queda libre para el voleibol a las diez de la noche no son capaces de poner la red.

La FIVB clasifica a las federaciones nacionales en categorías de la I a la V y Uruguay se encuentra en la categoría II. ¿Qué podemos hacer los entrenadores para ayudar a subir un escalón, a la categoría III?

Hay un tema ahí que yo lo viví y es el siguiente. Hace muchos años yo fui a dirigir la selección mayor femenina y la masculina de Salto. Tenía mi trabajo, el trabajo de técnico en Bohemios y además agarré ese. Me tomaba el ómnibus e iba y venía sin dormir. Viajaba y entrenaba viernes, sábado y domingo.

Yo llegaba al gimnasio en Salto y había 80 jugadores. Les decía que se tiraran de cabeza y se tiraban los 80, porque todo el mundo quería jugar, y todo el mundo hacía de todo y se rompía el alma, porque querían aprovechar el entrenamiento conmigo.

Se le presta más atención al que viene de afuera…

Al que viene de afuera y no a vos, que estás trabajando todos los días, que te conocen bien y saben cuál es tu manera de pensar, que es lo que pedís y lo que necesitás. Te lo hacen difícil. Entonces, hay que traer a alguien de afuera, como hicieron los brasileños con Young Wan Sohn. Lo llevaron a la selección brasileña para echar a [Bernard] Rajzman, a [José] Montanaro, a Renan [Dal Zotto]… Le pagaron la guita del mundo pero le dijeron, “tenés que sacar a éste, a éste y a éste.” Los tiró para afuera y mirá en dónde está Brasil ahora. Si tendrían visión los brasileños. ¿A quién llevaron? ¿A mí? No. ¿A un brasileño? No, los brasileños ya sabían que no los iban a sacar. Llevaron a un coreano y de ahí en adelante, ningún técnico extranjero. De Sohn en adelante, ningún técnico extranjero. ¿El voleibol de Brasil en dónde está? Campeón mundial, olímpico y de todo lo que se te ocurra.

[N. del A.: La medalla de plata obtenida en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 por la selección que dirigía “Bebeto” [Paulo Roberto] de Freitas, hizo que Brasil subiera de nivel y popularizó el deporte en el país. Poco tiempo después el entrenador fue despedido por desacuerdos con Carlos Arthur Nuzman, en ese entonces presidente de la CBV. Debido a los magros resultados del equipo en los años siguientes, el entrenador coreano Young Wan Sohn (tricampeón brasileño dirigiendo al Minas Tênis Clube de Belo Horizonte) fue contratado en 1987 para dirigir al equipo en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, pero desde que asumió el cargo enfrentó problemas internos con atletas de la Generación de Plata, quienes firmaron un manifiesto pidiendo su salida. Nuzman promovió la no convocatoria de estos atletas y el entrenador inició una renovación, pero presentó la renuncia un mes antes del inicio de los Juegos. Asumió nuevamente “Bebeto” de Freitas y si bien llevó a la Generación de Plata de nuevo a la selección (con excepción de Bernard) no detuvo el proceso de renovación que heredaría el siguiente entrenador, “Zé” [José] Roberto Guimarães y culminaría con el primer oro olímpico de Brasil en los Juegos de Barcelona 1992.]

¿Vos decís que a Sohn lo llevaron para que sacara de la selección a los que no se querían ir?

Claro, porque era la única manera de cambiar el ritmo, la instrucción, la enseñanza, todo. Los nuevos ya se acostumbraban a trabajar de la forma que lo hacía Sohn. Y después que echaron a los otros, les quedó claro que había que hacer lo que decía Sohn o los echaban también. Imaginate como estarían, “si aquel, que era un ‘crack’, que iba a todos los viajes, que estaba siempre en la selección, que era el mismo de siempre… fue para afuera… yo no me voy a poner de estrella y voy a hacer lo que diga el entrenador.”

Entonces, eso es lo que hay que hacer como para empezar. Y después que venga gente de afuera a dar cursos, que además es gratis, porque hay no sé cuantos técnicos volando por ahí con pasaporte diplomático, en programas de intercambio, de desarrollo y no sé qué más. Hay que traer a un fenómeno de Europa para hacer un trabajo con los técnicos de acá y darle un grupo de jugadores juveniles o menores. Y a esos “gurises” decirles, “ponele ganas que vas a entrenar con Fulano que no es cualquiera. Es un fenómeno italiano que dirigió diez años en Europa, al Módena, al Treviso, a éste y aquel otro.” Y lo primero que van a pensar es, “¡Ah bueno! Vamos a ‘laburar’ y a aprovecharlo.” Y ese núcleo queda y cuando pasan veinte años y son mayores van a ser el grupo que entrenó con el italiano, con el fenómeno, un grupo de referentes.

¿Qué trabajo haría con los entrenadores de acá?

El que venga trabaja con los entrenadores y con los jugadores. Los entrenadores lo llevan a sus equipos. “Hoy muchachos, vamos a hacer un entrenamiento con el señor. El que dirige hoy es él.” Y el italiano dice, “hay que hacer esto, esto y esto.” Y se hace. Un par de prácticas, tres prácticas, una semana, lo que se necesite para aprovecharlo.

Yo no tuve oportunidad de ver a los que vinieron en los últimos años, pero entrenadores que sí estuvieron con ellos me comentaron que con algunos visitantes quedaron decepcionados.

Tiene que ser alguien serio, reconocido y que venga a trabajar con lo que hay acá. Que no pase como el tema de los cursos de la FIVB, en donde el 50% de lo que te dan es inaplicable en Uruguay. Tienen que hacer una reducción para el nivel uruguayo.

Sacar la parte de tener gente para el scouting de los rivales y cosas por el estilo…

De eso, olvidate. Vos ponés la red, cargás la bolsa de pelotas y “vamo’ arriba.” Al final de su estadía Lin Chou Mou hacía eso: llevaba dos o tres técnicos (yo entre ellos) y nos ocupábamos de todas esas cosas. Pero el tema es que esos entrenadores tengan sus propios equipos y que lleven a ese técnico, a ese fenómeno. Y que los jugadores vean el apoyo que ese técnico fenómeno le da a su propio técnico. Que hay una relación, que hay un entendimiento, una coordinación del trabajo. Y que están dos o tres prácticas en esa relación. Que no sea un chispazo de dos horas de charla; no, tiene que ser teórico y práctico.

¿Y cómo pasa ese conocimiento desde el grupo de entrenadores que acompaña al fenómeno hacia el resto de los entrenadores? Young Wan Sohn tuvo como asistentes a Enrique Martínez Granados y Julio Velasco, ¿lo que ellos aprendieron llegó al resto de los entrenadores argentinos?

Bueno, vos ves que sí, vos ves que los técnicos argentinos están en todos lados: [Daniel] Castellani, [Waldo] Kantor, [Hugo] Conte, [Jon] Uriarte se convirtieron en técnicos cuando dejaron de jugar. Cuando Argentina ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 lo dirigía Luis Muchaga, que después se fue a España. Y ahí apareció Javier Weber que hoy también es técnico. [Raúl] Lozano, [Fabián] Armoa, Marcelo Méndez son técnicos súper reconocidos que dirigen en Brasil, Italia, Polonia… en donde quieras.

Varios de los que mencionaste son jugadores referentes que al retirarse tuvieron la disposición para formarse. Podés llegar a tener grandes entrenadores (o no) pero en cualquier caso es un proyecto de largo plazo. Mientras tanto, ¿podemos hacer algo con los entrenadores actuales? Tal vez deberíamos apuntar a definir pautas comunes de trabajo u objetivos comunes de formación, para que los jugadores no lleguen con tantas carencias a la selección…

Sí, está bien, es eso. Por eso en Argentina todos arman igual, todos sacan potencia o saque flotado saltando, porque está perimido el saque parado, ya fue. Si vos repasás los partidos de los juveniles argentinos que salieron campeones mundiales Sub-23 y vice campeones mundiales Sub-21, cuando jugaron contra los cubanos (que son altísimos y tienen una velocidad increíble) les ganaron defendiendo, saltando a bloquear, volviendo a defender, metiendo la pelota adentro, sacando, porque los cubanos son salto y pegada (igual que los rusos) pero no tenían nada de pase. Y los argentinos les ganaron sacando, porque de otra manera no podían hacer un punto: no les pasaban el bloqueo, no los podían atacar porque los bloqueaban.

Algo interesante que comentó Carlos Getzelevich cuando lo entrevisté, es que en Argentina las selecciones de base juegan en la Liga A2. Si entendí bien, hay una especie de acuerdo con entrenadores y clubes para ceder a los jugadores y así darle más juego y exigencia a estas selecciones. Al jugar juntos durante bastante tiempo en torneos de buen nivel, se consolidan los equipos y los resultados están a la vista.

Claro, eso es evidente. No hay vuelta que hay que arrimar a los técnicos, pero no hacer un concilio, una junta de “cráneos” que desde lejos diga, “vamos a hacer esto y lo otro,” sino que diga, “vamos todos, vamos cinco o seis a ver cómo trabajás vos con tu equipo. Y vamos a sacar, a bloquear…” El bloqueo en el Uruguay no existe. Yo vi un entrenamiento en pleno Campeonato Sudamericano con colchonetas en el suelo, todo un entrenamiento de 45 minutos sólo bloqueo. Los fenómenos, varios que eran muy parecidos al “Pollo” [José] Makowski (recontra rebeldes y así) practicando bloqueo con una actitud de “vamo’ arriba, estamos en el Campeonato Sudamericano, lo organizamos acá y tenemos que salir campeones. Y después vamos a seguir, vamos ir al Campeonato Mundial y vamos a jugar.”

¿Los brasileños entrenan 45 minutos de bloqueo?

No, no, los brasileños no necesitan, pero los argentinos sí necesitaban.

Entonces, colchonetas en el piso para amortiguar y 45 minutos de bloqueo.

Y en el tiempo de descanso charlas técnicas y correcciones. Si vos ponés a dos tipos de acá a hacer diez saltos (bloqueo al centro, a la punta, repite) se van para la casa. Se van para la casa. Se aburrieron, se “pudrieron”, se cansaron, se “murieron” y no sabés si vuelven para el próximo entrenamiento.

¿Y esa desmotivación no se relaciona con la falta de objetivos que mencionaste antes? O sea, si los clubes sólo aspiran a ganar su campeonato local y lo logran jugando al 50%, eso es lo que van a jugar. Ahora, si el objetivo fuera quedar quinto en el Sudamericano de clubes y para eso tienen que jugar al 100%, no digo que es lo que van a jugar pero va a existir una motivación para acercarse todo lo posible. Pero siempre y cuando ese objetivo sea real y todos los involucrados tengan claro lo que se necesita para alcanzarlo. Que no suceda lo que dice la carta de una jugadora uruguaya que anda en la vuelta por Internet: fue con la selección al Sudamericano confiada y pensando que estaba preparada para jugar partidos de ese nivel. Cuando la realidad le pegó en la cara, le daba vergüenza estar en la cancha con 1.000 personas mirándolas festejar los ocho o nueve puntos que hacían por set. Llegó a la conclusión de que tenía que dejar de jugar al voleibol porque era horrible jugando, no tenía un puesto definido y le daba vergüenza verse en la televisión.

Esa jugadora está viendo el resultado. Habría que preguntarle cuántas horas dedica a jugar al voleibol y qué es lo que hace en ese tiempo. Porque lo que se ve es el resultado del entrenamiento. Yo voy a los Sudamericanos y pido permiso para ver las prácticas, y voy y veo las prácticas. Y hacen lo mismo que hago yo. Pero si yo hago diez minutos ellos hacen veinte. En mis diez minutos los míos tiran tres afuera y ellos no tiran ninguna. Si la pelota sale torcida los míos le piden al que esté más cerca que se la alcance y ellos van corriendo a buscarla para seguir entrenando. Entonces, hay una diferencia de motivación y concentración en el entrenamiento y hasta en el calentamiento.

Siempre cuento que en la final de la Liga Mundial del ’99 en Mar del Plata, me llamó la atención que durante el calentamiento los italianos atacaban entre ellos con mucha potencia. Luego entendí que eso era lo que iban a experimentar en el partido, entonces la entrada en calor debía tener una intensidad acorde.

La diferencia es brutal. Si Brasil tiene dos atacantes que son fisicoculturistas, tienen un “lomo” enorme, los ponen arriba de una mesa y les pegan “cañonazos” a los tipos que defienden, por algo lo hacen.

Hay un video en YouTube de un jugador entrenando defensa. Corre para un lado y trae la pelota, corre para el otro y la vuelve a traer, le tiran una “bomba” y defiende, un toque y va al piso, se pone de pie y vuelve a correr otra pelota. “Palo y palo” durante varios minutos. Y lo primero que pensás es que se trata del líbero, pero no, es un central.

La historia es que vos te proponés hacer ese trabajo acá y no podés. Porque vos sólo no podés atacar, sacar y tirar la pelota para aquí y para allá. Si vos ves un entrenamiento de primer nivel, hay ocho asistentes con el técnico para trabajar con los doce jugadores. Casi un entrenador por jugador. Entonces, dos de esos ocho agarran a los dos líberos y los “curten” a pelotazos. La armadora está en su posición y uno le está tirando pelotas permanentemente a distintas posiciones para que ella se las pase al que está esperando en la punta, y al final lo hace.

Entonces, vos sólo no podés llevar adelante una práctica de ese nivel si no te ayuda alguien y si no te ayudan los jugadores. Para trabajar en ese tema hay que arrimar más a la gente que quiere dirigir con los grupos de formativas. Pero no cualquiera, los que quieran dirigir tienen que tener formación, un curso. Si no tienen cursos no pueden dirigir.

Apuntás a lo que se hace en muchos países, en donde se exige obtener una habilitación anual para dirigir.

Por supuesto, tenés que demostrar qué hiciste en el último año. Si vos sos técnico y dirigís a tal equipo, perfecto, decime qué hiciste en éste año, cómo saliste, cuántas horas entrenaste, qué partidos jugaste…

Algunos son verdaderamente exigentes: tenés que enviar videos de tus entrenamientos y dirigiendo a tu equipo. Tenés que demostrar que sabés planificar un entrenamiento, realizar ciertos ejercicios o enseñar un fundamento específico. Te evalúan y te dan la habilitación o no. Obviamente, en Uruguay hoy es imposible exigir algo así, porque hay niveles muy dispares, pero tal vez podríamos empezar por brindar cursos que garanticen un nivel mínimo para poder dirigir.

Eso me parece bien, darle la posibilidad a gente que no es del voleibol o que sí lo es pero no sabe cómo enseñar o dirigir, de tener un curso que le brinde los conocimientos y lo habilite para el año siguiente.

Licenciado en Análisis de Sistemas y Entrenador Nivel II FIVB. Jugaba al rugby hasta que un pasaje por Bohemios lo vinculó al voleibol. Luego pasó por Neptuno, Pelotaris de Paysandú, COETC y Universidad ORT Uruguay. Como entrenador dirigió en juveniles a Bohemios, Nacional y selección de Montevideo, y en adultos a Universidad ORT Uruguay.